🔬 El 23 de septiembre de 1926, hace cien años, el zoólogo Paul Kammerer se disparó en el Hochschneeberg, una meseta al suroeste de Viena. Semanas antes, el herpetólogo estadounidense Gladwyn Noble había hallado indicios de manipulación en su experimento más famoso y los expuso en Nature. Un siglo después, Nature vuelve sobre aquel caso.
Kammerer nació en Viena en 1880, hijo único de un fabricante de instrumentos ópticos y una pianista. Estudió biología y musicología, y pasó casi toda su carrera en el Vivarium, el Instituto de Biología Experimental de la ciudad. The New York Times lo llamó «sucesor de Darwin». Un comité de la Universidad de Viena, en cambio, lo tachó de «periodístico» y «no científico» en 1919, y le negó el ascenso.
Sus experimentos explican el ruido. En su tesis de 1904 forzó a la salamandra común (Salamandra salamandra), de tierras bajas, a vivir sin agua como su pariente alpina. Tras varias temporadas adoptó la forma de reproducirse de esta última, y Kammerer afirmó que el cambio pasaba a las crías. Luego cortó los sifones de la ascidia Ciona intestinalis: rebrotaron más largos, y su descendencia también los tenía largos. Crió olms ciegos (Proteus anguinus) bajo ciertas longitudes de onda y conservaron de adultos los ojos larvarios. Y crió sapos parteros (Alytes obstetricans) en calor y aire seco: los machos, empujados al agua, desarrollaron almohadillas nupciales rugosas en las patas delanteras, un rasgo ajeno a esta especie terrestre que, según él, heredaban las generaciones siguientes.
Aquello olía a herejía. La herencia de caracteres adquiridos, idea atribuida a Lamarck, había perdido apoyo desde que August Weismann cortó la cola a ratones durante cinco generaciones y mostró que la sexta las tenía intactas. El redescubrimiento de Mendel en 1900 reforzó el otro bando. El genetista William Bateson atacó los resultados en una carta a Nature en 1919, y en 1923 llegó una nueva andanada: decenas de cartas cruzadas en la misma revista.
✅ Kammerer no negaba los genes: proponía un camino de doble sentido entre el cuerpo y ellos, y de ahí sacó una «eugenesia positiva» hoy insostenible — llegó a sugerir que la ley seca estadounidense daría una nación de abstemios. El autor del artículo sostiene que lo aprendido en el último siglo podría rescatar en parte su reputación científica. El límite es grande: la acusación de fraude sigue ahí y el texto no aporta datos nuevos ni repite los experimentos. Es una relectura histórica, no una réplica.



