🔬 Con el suministro de combustibles fósiles de Oriente Medio aún interrumpido tras los ataques de EE. UU. e Israel a Irán, la industria acelera un giro: buscar más petróleo y gas en el mar profundo. Las inversiones superan $200 000 M en 2026 y podrían sumar $2,5 billones entre 2026 y 2035. El reto es hacerlo sin asumir que perder biodiversidad es “parte del costo”.
La exploración ya llega a aguas de miles de metros y hasta la zona abisal, a 4 000–6 000 metros bajo la superficie. En la última década, aguas clasificadas como profundas (≈400 m) aportaron más del 70 % de las reservas “probadas y probables” descubiertas por las siete mayores petroleras internacionales cotizadas, y los hallazgos en aguas profundas son, en promedio, 16 veces mayores que los terrestres.
Operar ahí exige tecnología y dinero: solo 15–20 empresas tendrían capacidad para trabajar con frío cercano a la congelación y presiones de cientos de veces la atmosférica. Aun así, con sistemas submarinos, producción flotante y operaciones digitales, los proyectos pueden ser rentables: el petróleo de estos sitios promedia ~$43 por barril. El boom se concentra en el “triángulo dorado” del golfo de México (EE. UU.) y cuencas frente a Brasil y África occidental, y crecen zonas como Guyana y Namibia. En China, CNOOC expandió proyectos desde 2022; uno de ellos (Deep Sea No. 1) aportó 4,5 mil millones de m³ de gas en 2025.
✅ El texto propone un criterio: aprobar proyectos caso por caso solo si las operadoras muestran que pueden evitar daño ecológico, verificar emisiones de forma independiente, contener fallas y mantener la responsabilidad más allá de la producción. Un límite clave es el control: cuanto más lejos de la costa, más difícil resulta exigir inspecciones, responsabilidad y restauración, y además hay indicios satelitales de que el venteo y la quema offshore se subreportan (emisiones reales ~50 % más altas que inventarios oficiales).



