🔬 Desde 1999 los investigadores han descrito unas veinte maneras nuevas de morir para una célula, y la lista sigue creciendo. Daolin Tang, hoy en la UT Southwestern, bautizó una de ellas: la alcaliptosis, cuando la célula muere porque su pH interno sube demasiado. Solo en 2025 se definieron al menos cuatro modalidades nuevas.
Durante décadas se reconocían dos vías. La necrosis, muerte por accidente —cuando a la célula la aplastan o la destrozan—, y la apoptosis, un proceso ordenado y por pasos en el que la célula suelta pequeñas «ampollas» de membrana que el sistema inmunitario retira. Estudiar esto es difícil: «si tu experimento de muerte celular sale bien, tu material desaparece», bromea Scott Dixon, biólogo celular de Stanford. La edición genética, las imágenes de alta resolución y las herramientas ómicas destaparon el resto.
El catálogo actual incluye la piroptosis, inflamatoria; la necroptosis, explosiva y capaz de activar defensas; y la ferroptosis, que el hierro desata contra las membranas. Esta primavera, un equipo que estudia gusanos planos describió la ruptosis: ciertas células estallan y rocían toxinas sobre las bacterias invasoras. También se ha documentado muerte por exceso de cobre (2022) y por sobrecarga de sodio (2025).
Y morir no siempre es un camino de ida. Edward Miao, de Duke, y Kengo Nozaki vieron que la enzima caspasa-7 repara los agujeros de la membrana y da a las células intestinales infectadas por Salmonella el tiempo justo para desprenderse del revestimiento del intestino; sin ella, se quedan y agravan el daño. Los hermanos Ho Lam y Ho Man Tang lavaron el agente que mataba sus cultivos, incubaron las células encogidas en medio fresco y, a la mañana siguiente, muchas se habían recuperado. Lo llamaron anastasis: «volver a la vida». Su trabajo pasó por once revistas antes de encontrar editor.
✅ Cómo muere una célula cambia lo que ocurre a su alrededor: las moribundas liberan señales y material que moldean tejidos, alertan al sistema inmunitario y marcan el rumbo de una enfermedad. De ahí el interés médico en matar células tumorales, calmar dolencias inflamatorias o rescatar células del corazón y el cerebro. El límite: buena parte sigue en terreno de hipótesis. La «lista de tareas pendientes» que proponen Nozaki y Miao «es difícil de demostrar en el laboratorio», admite Petr Broz, de la Universidad de Lausana, y el punto de no retorno —quizá el colapso de las mitocondrias— aún se discute.



