🔬 Un equipo de la Universidad de York detectó en el cuásar J2318 vientos lanzados por un agujero negro supermasivo a 30 % de la velocidad de la luz, unos 323 millones de km/h. Es el viento de agujero negro más veloz observado en luz ultravioleta. El agujero negro tiene 1 700 millones de masas solares y está a 3 000 millones de años luz.
Un cuásar es el núcleo activo de una galaxia: un agujero negro supermasivo rodeado de un disco de gas y polvo que lo alimenta, llamado disco de acreción. La fricción y las fuerzas de marea en ese disco lo hacen brillar en todo el espectro. Esa radiación empuja la materia hacia afuera en forma de «vientos».
«Por su velocidad, este viento podría llamarse un huracán de categoría 79», dijo Lucas Seaton, líder del equipo. Cada categoría de huracán es un 20 % más rápida que la anterior; el número solo da idea de la magnitud, porque «este viento no se parece a nada en la Tierra».
La diferencia clave: estos vientos no los mueve la presión del aire, sino la luz. Los fotones del cuásar rebotan en los átomos y los empujan. «El cuásar emite tantos fotones que esos pequeños empujones suman velocidades extremas», explica Seaton. El enigma: esos mismos fotones pueden arrancar los electrones de los átomos y volverlos invisibles, y aun así el equipo ve iones de carbono y silicio intactos.
Para resolverlo analizaron espectros del Sloan Digital Sky Survey (SDSS), en concreto del SDSS-IV Time-Domain Spectroscopic Survey y el SDSS-V Black Hole Mapper. El espectro reparte la luz en sus longitudes de onda, como un arcoíris, y allí aparecieron las huellas del viento ultrarrápido.
✅ Estos vientos importan porque son la forma en que un agujero negro intercambia energía con su galaxia. Esa energía puede expulsar el gas y el polvo que sirven de materia prima para formar estrellas, frenando el nacimiento de nuevas. Según Paola Rodríguez Hidalgo (Universidad de Washington en Bothell), son el «eslabón perdido» de la retroalimentación entre el centro activo y el resto de la galaxia. El límite: el proceso lleva décadas en las simulaciones, pero hace falta más trabajo observacional para confirmar que los modelos lo describen bien. El estudio se publicó el 4 de junio en \*The Astrophysical Journal\*.



