🔬 Cinco zanjas gigantes cruzan el borde oriental de la llanura de Nullarbor, en el sur de Australia, y nadie sabía de dónde salían. El equipo de Matej Lipar (Anton Melik Geographical Institute, Eslovenia) sostiene ahora que son la cicatriz en superficie de cuevas enormes que llevan millones de años derrumbándose bajo tierra.
«Parecen algún tipo de canal fluvial, pero empiezan y terminan de forma tan abrupta que nos empujó a investigarlas», contó Lipar a Live Science. Las cinco se alinean de norte a sur, miden desde varios kilómetros hasta más de 20 km, ocupan entre 100 y 500 m de ancho y bajan de 1 a 9 m. Aun así cuesta verlas: el terreno es tan plano que a pie pasan inadvertidas. No hay indicios de que las tallara el viento, y el agua corriente tampoco encaja, porque faltan arroyos conectados y otras señales de un cauce.
El equipo exageró los modelos digitales del terreno para resaltarlas y luego aplicó tomografía de resistividad eléctrica, que mide cómo circula la corriente por el suelo y distingue roca de sedimento. Bajo cada zanja apareció algo parecido a un cañón de más de 40 m, relleno: arena arriba, limos y arcillas finas debajo.
Al cruzar el mapa con una base de cuevas conocidas, varias muy grandes y profundas seguían el mismo rumbo que las zanjas. A las accesibles se baja por dolinas y guardan galerías de cientos de metros. Ese rumbo común apunta a que el agua subterránea las excavó en la caliza kárstica mientras fluía hacia la costa, durante el Oligoceno (hace 33,9 a 23 millones de años) y el Mioceno temprano (23 a 16 millones). «Con el tiempo los techos se derrumbaron y el material de encima se hundió», explicó Lipar. Para comprobarlo bajaron a Clay Dam Cave, accesible por una dolina abierta en una zanja: los estratos vencidos y el relleno arenoso coincidían con lo detectado en las demás. El trabajo se publicó el 17 de septiembre en Communications Earth and Environment.
✅ Donde una zanja se interrumpe puede quedar una cueva todavía entera, nunca vista. Que algunas aparezcan fragmentadas sugiere además que los hundimientos continúan. Andrea Zerboni (Universidad de Milán), que no participó en el estudio, apunta a Marte: allí muchas depresiones alargadas se atribuyen a tubos de lava colapsados, pero formas parecidas podrían nacer del desplome de sistemas kársticos, y esas cavernas figuran entre los mejores refugios donde la vida pasada quedaría a salvo de la radiación. El límite: es un solo estudio, con cinco zanjas y una única cueva verificada dentro; el resto del vínculo se infiere de la geofísica y del rumbo compartido.


