🔬 Echar cal a los campos de cultivo es una práctica que la contabilidad climática trata como fuente de CO₂. Sin embargo, un estudio publicado en Nature indica que ha funcionado como sumidero de carbono en la cuenca del río Mississippi durante el último siglo. Los autores combinaron registros históricos del río con modelos del suelo.
Los agricultores añaden caliza o dolomita molida a los suelos ácidos para mejorar las cosechas. Estos minerales pueden liberar CO₂ al disolverse. Por eso el método por defecto del IPCC da por emitido todo el carbono de la cal, y el inventario de EE. UU. asume que se emite la mitad.
Los autores sostienen que el verdadero origen de esas emisiones es otro: los ácidos fuertes que llegan al suelo desde los fertilizantes nitrogenados y desde la contaminación por quema de combustibles fósiles. Esa acidez convierte en CO₂ el bicarbonato del agua, haya cal o no. Por eso compararon dos escenarios: acidez humana sin cal y acidez humana con cal. En 1980, la acidez sola habría generado unos 20 millones de toneladas de CO₂ al año; con cal, unos 15 millones.
La cuenca cubre el 41 % del territorio continental de EE. UU. y cerca del 65 % de sus tierras de cultivo. Con el bicarbonato extra que el río exportó frente a la base anterior a 1935, el equipo estima que la cal retiró unos 0,40 gigatoneladas de CO₂ entre 1900 y 2015. Esa cifra equivale a cerca del 90 % del potencial teórico de la cal añadida (0,44 Gt). Un modelo independiente del suelo (SCEPTER) calcula entre 0,22 y 0,37 Gt. La retirada llega con décadas de retraso y tras un pulso inicial de emisiones: el suelo retiene los cationes y el agua tarda en arrastrarlos hasta el río.
✅ Según los autores, gestionar bien el pH del suelo podría reducir las emisiones agrícolas y a la vez mejorar las cosechas. Además, las reglas de contabilidad actuales podrían errar incluso en el signo del efecto. El límite: las cifras valen para la cuenca del Mississippi y para las dosis históricas de cal. Extrapolarlas a otras regiones o a dosis mayores exige considerar la hidrología y los suelos locales. El retraso que calcula el modelo también es incierto, con un margen de unos 30 años.


