🔬 Una mujer de 28 años en New Hampshire dejó de reconocer rostros familiares tras una sospecha de COVID-19 en marzo de 2020. Los médicos diagnosticaron long COVID y prosopagnosia, o «ceguera facial». El caso importa porque muestra un posible efecto neurológico raro y muy concreto.
La paciente tuvo fiebre alta, opresión en el pecho, falta de aire, diarrea y pérdida de olfato y gusto. También sufrió ataques de tos tan fuertes que se desmayaba. Su médica de atención primaria la diagnosticó con COVID-19 por los síntomas, aunque no le hicieron una prueba formal porque entonces faltaban test.
Tres semanas después pudo trabajar desde casa, pero cuatro semanas más tarde varios síntomas volvieron. Notó desorientación y sintió que «algo estaba mal con las caras». En junio de 2020 vio a su familia por primera vez desde la infección y no pudo reconocer a su padre ni distinguirlo de su tío. Sí podía reconocer a las personas por la voz.
El problema afectó su vida diaria y su trabajo parcial como retratista. Antes miraba sus fotos de referencia cada 15 a 30 minutos; después le costaba retener los rasgos en la mente. También tuvo problemas para orientarse en el supermercado o volver a su auto, y en noviembre de 2020 empezó con migrañas frecuentes y problemas de equilibrio. En pruebas de memoria facial rindió mucho peor que 10 mujeres de edad similar, pero tuvo resultados normales en otras pruebas cognitivas y de percepción facial.
✅ El caso sugiere que la prosopagnosia puede aparecer como una consecuencia rara del long COVID, aunque no prueba por sí solo que el virus la haya causado. El límite principal es que es un reporte de una sola paciente, sin prueba formal inicial de COVID-19 y sin un mecanismo claro. Los autores encuestaron a más de 50 personas con long COVID: muchas tuvieron menor reconocimiento visual y peor navegación, pero no un problema específico con rostros.
⚕️ No es consejo médico.



