🔬 Venus alcanza unos 480 °C, frente al máximo de 430 °C de Mercurio, aunque está más lejos del Sol. Según Stephen Kane, astrofísico de la Universidad de California en Riverside, la clave está en su atmósfera. El contraste muestra por qué la distancia no basta para explicar el clima planetario.
Mercurio casi no tiene atmósfera: la luz solar calienta la roca desnuda durante el día. Cuando llega la noche, ese calor escapa al espacio y la superficie baja hasta unos −180 °C. Venus tiene una atmósfera unas 90 veces más densa que la terrestre, compuesta casi por completo de dióxido de carbono. Allí, la temperatura superficial apenas cambia entre el día y la noche.
Esa envoltura funciona como una manta. La superficie absorbe energía solar y la devuelve como radiación infrarroja. El dióxido de carbono absorbe y reemite esa energía muchas veces antes de que escape; parte vuelve hacia abajo y calienta Venus. El calor no queda atrapado para siempre: el planeta debe liberar tanta energía como absorbe. Sus nubes reflejan cerca de tres cuartas partes de la luz solar que recibe; solo un 3 % alcanza el suelo.
Paul Byrne, científico planetario de la Universidad de Washington en San Luis, señala indicios sólidos de volcanismo y actividad tectónica. Estos procesos, pasados y presentes, han aportado gases de efecto invernadero. El calor extremo actual depende de la atmósfera que Venus ya tiene, no del calor generado en su interior.
✅ Para entender el clima de un planeta, también hay que mirar qué gases lo envuelven y cómo retienen calor. Aún hay preguntas abiertas sobre cómo Venus formó esa atmósfera.



