🔬 Un rayo alcanzó al cohete Long March 3B unos 30 segundos después de despegar del centro espacial de Xichang, en el suroeste de China, el 23 de julio. Pese a recibir al menos 100 millones de voltios, el vehículo llegó al espacio y colocó en órbita su carga: el satélite de retransmisión Tianlian-2 (06).
Cientos de espectadores lo vieron desde el suelo, con paraguas y chubasqueros bajo la lluvia. El video del lanzamiento recoge el momento: primero un grito ahogado del público, cuando el haz eléctrico en zigzag rodea el fuselaje y baja por la estela de gases hacia el suelo; después, vítores, porque el cohete siguió subiendo sin inmutarse.
La China Aerospace Science and Technology Corp., empresa estatal, calificó la misión de «éxito completo» ese mismo día. Confirmó que el Tianlian-2 (06) — un satélite geoestacionario que ayudará a enlazar con la estación espacial Tiangong — quedó bien desplegado. El comunicado no mencionó el rayo.
¿Por qué sobrevivió? Los cohetes modernos llevan una carcasa muy conductora que desvía la carga por fuera y deja intacto el interior, algo parecido a una jaula de Faraday. Los aviones comerciales usan el mismo principio: reciben al menos un rayo al año de media, según el Servicio Meteorológico Nacional de EE. UU. Aun así, los cohetes suelen despegar solo con buen tiempo.
Hay precedentes. Al Saturn V del Apollo 12 lo alcanzaron dos rayos tras el despegue, en noviembre de 1969; algunos instrumentos no críticos quedaron dañados de forma permanente, pero Charles Conrad, Alan Bean y Richard Gordon llegaron a la Luna y volvieron. En 2019 le tocó a un Soyuz ruso. Y en 2022 un rayo golpeó el SLS de la misión Artemis I durante un ensayo en la plataforma.
✅ Sobrevivir a un rayo no está garantizado. En 1987, un Atlas-Centaur se desintegró 48 segundos después de salir de Cabo Cañaveral: la descarga alteró una sola palabra de memoria en su computadora de navegación y el cohete se torció hasta romperse. El blindaje protege el fuselaje, no siempre lo que ocurre dentro de un chip. Por eso hoy hay torres pararrayos alrededor de las plataformas y las ventanas de lanzamiento se cierran con mal tiempo. Un límite del relato: nadie ha contado cuántos cohetes ha alcanzado un rayo en la historia del vuelo espacial.



