🔬 Un estudio publicado en Nature analizó 50 425 encuestas clínicas de 1900 a 2016 en África subsahariana para medir el peso del cambio climático en la malaria infantil. El calentamiento de origen humano habría sumado cerca de 1 caso por cada 1 000 niños (IC 95 % −4 a 6). Es un efecto pequeño frente al de las campañas de control.
La malaria depende del calor. El mosquito Anopheles y el parásito Plasmodium responden a la temperatura, y el modelo del equipo sitúa el pico de prevalencia en 24,9 °C (IC 95 % 21,0–27,1 °C), muy cerca de lo que predicen los experimentos de laboratorio. Alejarse 10 °C de ese óptimo baja la prevalencia unos 8 puntos porcentuales. La lluvia también cuenta, aunque menos: los meses de sequía extrema tienden a bajar los casos uno o dos meses después, y los de lluvia extrema a subirlos dos o tres meses más tarde.
El mapa importa más que el promedio. En el sur de África el calentamiento subió la prevalencia 0,60 puntos, con una probabilidad del 91 %; en las tierras altas de África oriental, 0,81 puntos. En África occidental ocurrió lo contrario: allí las temperaturas ya superan a menudo el óptimo del parásito y los casos cayeron 0,40 puntos. Hacia 2100, con emisiones altas, el calor podría restar hasta 45 casos por cada 1 000 niños en esa misma región.
✅ El clima no es el motor principal de la malaria. Desde 1900 la prevalencia continental cayó del 40 % al 24 % gracias a mosquiteras, control de vectores, atención sanitaria y desarrollo económico; lo que aporta el clima rara vez pasa de 1,5 puntos en cualquier región. Aun así, frenar el calentamiento de 3 °C a menos de 2 °C evitaría unos 5 casos por cada 1 000 niños en el sur de África y en las zonas altas de África oriental hacia 2100. Los límites pesan: casi todos los intervalos de confianza cruzan el cero, los datos de lluvia en el continente son escasos e inciertos, y el trabajo no sirve para prever lo que pasará un año concreto.
⚕️ No es consejo médico.



